Columna publicada en diario La Segunda, 4.01.14

12ajpgLa Concertación probablemente pasará a la historia como un grupo de poder que respetó el juego limpio mientras estuvo en el gobierno, pero que, alejado de él, se convirtió en una oposición destructiva. No serán juzgados como especialmente obstructivos legislativamente, porque no fue necesario que lo fueran. El gobierno de centroderecha fue políticamente torpe y bastó con descalificar y destruir comunicacionalmente cualquiera de sus posibles logros, para despejar el camino a la inefable Bachelet. El trabajo sucio lo hicieron los mismos que ella escondió durante toda su campaña: Andrade, Girardi, Vidal, Pizarro, Quintana y varios otros políticos devenidos en rifleros durante el gobierno de Piñera.

Este grupo de ansiosos por recuperar el poder desconoció sistemáticamente y sin argumento alguno las cifras de empleo, de reconstrucción, de educación, de salud, de pobreza, de distribución del ingreso, de déficit fiscal y de crecimiento económico. Y cuando no podían desconocerlas porque algún organismo internacional las respaldaba, las consideraban arbitrariamente «insuficientes». Cada cierto tiempo instalaban un concepto demoledor multiuso: «conflicto de interés», «letra chica», «lucro».

Utilizaron a operadores políticos puestos en cargos que no tienen control democrático, como Lorena Fríes en el Instituto Nacional de Derechos Humanos, para decir que el terrorismo no era terrorismo. Instrumentalizaron al movimiento estudiantil, adulándolo hasta el ridículo mientras fuera útil, y luego cooptando a sus dirigentes más mediáticos. Guido Girardi, en particular, y en calidad de presidente del Senado, permitió que una turba ocupara el ex Congreso Nacional luego de agredir al entonces ministro de Educación, Felipe Bulnes. Finalmente, reventaron sin razones reales a Harald Beyer, uno de los pocos ministros que ha tenido Chile que sabía de educación, realizando un operativo gansteril para ofrecer su cabeza a la calle.

Y ahora vuelve Bachelet a gobernar, transitando con pie ligero por el camino despejado por su sombría corte. Las cifras de empleo, de crecimiento, de fiscalización de abusos y delitos económicos y de reconstrucción de su gobierno pasado, comparadas con las de Piñera, son, por decir lo menos, pobres. Y el problema en Chile es que cuando las cosas van bien, todos piensan que es por mérito propio, pero cuando van mal, culpan al gobierno.

La pregunta es qué hará la Concertación con el Partido Comunista al cuello tratando de sacar adelante un gobierno que deberá enfrentar un escenario nacional e internacional complicado. ¿Servirá levantar polvo con el debate constitucional y el aborto cuando las cifras de crecimiento, pobreza y desempleo estén en rojo? ¿Será «letra chica» que la «gratuidad» la pague cada uno de nosotros con impuestos? ¿Dirán algo sobre los derechos humanos en Cuba? ¿Volverán a aplaudir los desalojos de las tomas estudiantiles como en 2006? ¿Qué dirá ahora Lorena Fríes sobre el terrorismo en la Araucanía? ¿Seguirá la fiscalización exigente a las empresas? ¿Reconstruirán lo poco que falta del 27-F al mismo ritmo que reconstruyeron Tarapacá y Tocopilla? ¿Podrán resolver todo a punta de estrategias comunicacionales, operadores políticos y repartijas?

Las cifras de Piñera no le sirvieron a su coalición para mantener el gobierno, es cierto. Pero serán un fantasma que recorrerá la administración de Bachelet desde que pise La Moneda.