Columna publicada en diario La Segunda. 28.11.13

 

Para comienzos del 2012, según Semiocast, Chile estaba en el número 19 de los países con más cuentas de Twitter, alcanzando los 5 millones. De ellas, el 24% eran cuentas «activas»; es decir, en las que se publican comentarios al menos cada 3 meses. Así, Twitter contaba, en ese momento, con algo así como 1.200.000 chilenos activos.

Según la encuesta de caracterización de usuarios de Twitter hecha en 2011 por la UDP, su uso se concentra en los segmentos de mayor ingreso de la población. En cuanto a su utilización declarada, el 25% de las personas utiliza Twitter principalmente para opinar y debatir.

En términos cualitativos, encuesta aparte, las dinámicas de opinión de Twitter, constreñidas por los 140 caracteres, suelen ser agresivas, maniqueas y simplonas, siendo la cuña fácil y la indignación y el escándalo bienpensantes los dueños de la función. Una variación de la lógica farandulera.

Aunque la metodología del estudio UDP es no probabilística, vale la pena hacer un ejercicio aproximativo: el universo de tuiteros dedicados a opinar de la contingencia política, siguiendo sus datos, estaría en el orden de las 300.000 personas. Sin embargo, el universo de opinión de cada tuitero es a su gusto y suele bordear las mil. Luego, el «ambiente Twitter» de cada cual, incluyendo a los periodistas, se reduce a una ínfima fracción de la sociedad, con intereses sobrerrepresentados. Y, sin embargo, cada vez más de las noticias consideradas relevantes por los medios de comunicación vienen de alguno de los círculos de ese pequeño submundo o se dirigen a él. Y es que los periodistas han comenzado a identificar Twitter con la opinión pública. Y esto tiene una serie de consecuencias, partiendo por empobrecer aún más el nivel del debate público.

Al legitimarse en los medios Twitter como «la voz del pueblo», los políticos han comenzado a entenderlo así, usándolo como referente de opinión. Esto ocurre porque todo sistema político es una caja de resonancia de la opinión pública, la cual es captada por los políticos, en buena medida, a través de los medios. De ahí que si uno comparaba las preguntas de los últimos debates presidenciales y los temas que las encuestas mostraban como más importantes para los chilenos, rara vez coincidieran.

A esto se añade que los grupos de presión más exitosos son los de clase media, al punto de disfrazar algo regresivo como la gratuidad universitaria como «interés general», y el efecto negativo del voto voluntario en la participación electoral de los sectores más populares, para generar un cuadro que nos alerta del riesgo de estar moviéndonos hacia una política chatarra, donde los que menos tienen y más necesitan estén excluidos de las comunicaciones. Una postdemocracia.

¿Cómo revertir esta situación? A nivel periodístico y político, hay un tema ético en juego en cuanto a la utilización irreflexiva que están haciendo de Twitter y sus consecuencias. Respecto del peligro de la primacía de los grupos de presión y la baja participación popular en las elecciones, quizás sea necesario revisar nuestro sistema electoral: es probable que un voto obligatorio con inscripción automática y desafiliación voluntaria sea algo necesario y justo para evitar la captura de la comunicación y las decisiones políticas por quienes más facilidad tienen para hacer que sus necesidades sean tomadas en cuenta por el poder.