Columna publicada en diario La Segunda, 23.11.13

 

Esta segunda vuelta abre una serie de riesgos y oportunidades para las candidaturas que se encontrarán en ella.

En el caso de Bachelet, son pocos los riesgos actuales y muchas las oportunidades: siguiendo un libreto previsible, Giorgio Jackson se entregó a ella sin miramientos luego de ganar las elecciones donde había sido blindado por la Concertación. Así se cierra un ciclo de cooptación e instrumentalización de todo lo que se movió durante el gobierno de Piñera: Vallejo, Cariola, Jackson y el fugazmente famoso Iván Fuentes. El único que se salvó fue Gabriel Boric.

A ello se suma la fuerza de atracción que ejerce el poder, especialmente sobre personajes que lo buscan por pura ambición personal o que cultivan un estilo caudillista. Así, no es raro que Franco Parisi haya girado hacia Bachelet a pesar de juntar sus votos gritando lugares comunes contra «el duopolio». Lo mismo pasa con el caso del RN Antonio Horvath, quien es un oportunista caudillo local. En ambas situaciones el transfuguismo era esperable, especialmente en la medida en que la política nacional se ve capturada por las lógicas de la farándula (cuñas fáciles, movimientos inesperados, ideas insustanciales).

Los riesgos de Bachelet están en el futuro. Ya vimos que para cooptar e instrumentalizar, la «Nueva Mayoría» tuvo que inflar infinitamente las expectativas y construir un rastrillo político que iba desde Andrés Velasco hasta Guillermo Teillier. Sin embargo, si gana las presidenciales, Bachelet deberá tomar decisiones que amenazarán con hacer volar por los aires su tinglado electoral.

En el caso de Matthei, los riesgos son bastantes y las oportunidades actuales no muchas: todos los vicios de la derecha y de un gobierno sin brújula política han caído sobre su campaña. A ellos se ha sumado, por cierto, un discurso a ratos demasiado agresivo, a la defensiva y que se acerca peligrosamente al populismo penal (rasgo que debería disminuir con la salida de Lavín). La falta de ideas de la derecha, el derrotismo del sector, las egocéntricas batallas de poder y la defensa corporativa de muchos gobiernistas han sido pesadas cargas para una candidatura que surgió en medio de dificultades y que ha ido de menos a más en base a puro esfuerzo.

Como si esto fuera poco, la campaña ha debido enfrentar a un Manuel José Ossandón que, exponiendo rasgos de la antigua fronda patronal, parece feliz lanzando recriminaciones al Gobierno y a la derecha completa -muchas veces más que justificadas- sin proponer solución o idea alguna y actuando de un modo muchas veces más destructivo que valiente. A ello se suma el inexplicable silencio de Andrés Allamand y los planchazos comunicacionales de La Moneda.

Las oportunidades de Matthei pensando en el futuro de su sector, en cambio, son claras, y ya tomó la primera al abrir la puerta del comando a Felipe Kast y otros representantes de la derecha joven. Ahora falta que, en tiempo récord, construya un relato que, haciendo caso a la acertada crítica de Ossandón, no se centre en atacar a Bachelet y perseguir a los jueces, sino que, apelando a la responsabilidad, a la sociedad civil, a la moderación política y a las reformas dentro del orden, muestre una derecha con una visión de país que no apele al inmovilismo acrítico, pero que tampoco se deje arrastrar por las turbulentas y traicioneras corrientes de los grupos de presión.