Columna publicada en diario Pulso, 21.11.13

Cuando me ofrecieron presidir el equipo programático de cultura de Evelyn Matthei, acepté porque venía de un trabajo previo de maduración de ideas, estudio y diálogos en el IES, en Enade y en PROA que me fueron convenciendo no solo de que la derecha podía hacer un gran aporte al país, sino que, además, era el espacio más indicado para ello. Pero esta convicción nacía no de pensar que la derecha, en concreto y en su condición actual, era superior moral o políticamente a la izquierda, sino de considerar que las tradiciones políticas e intelectuales que tienden a converger en ella tienen mayor capacidad de dar respuesta a muchos de los dilemas que nuestro país enfrenta en el presente. Eso, claro, si es que el trabajo de diagnóstico y proposición -el famoso «relato»- se hace desde esas tradiciones y no mirando las encuestas y pensando que los datos hablan por sí solos.

Los principales desafíos que enfrenta Chile hoy tienen que ver con el aumento de complejidad de nuestro orden social, que ha traído sus propios problemas y ha desatado un proceso de individualización que no logra ser mediado por una ética pública, lo que se traduce en un marcado déficit de confianza pública y privada. Este déficit, además, es acentuado por el bajo nivel educacional, que hace que la mayoría deba enfrentar la complejidad del mundo sin herramientas básicas para ello, como entender lo que lee y poder usar la aritmética básica.

Nuestro debate político, lamentablemente, ha hecho frente a esta situación leyéndola a partir de un imaginario que todavía remite a la guerra fría: por un lado, la derecha defiende «soluciones privadas para problemas públicos»’ y, por otro, la izquierda promueve «soluciones estatales» para los mismos problemas. En ambos casos se confunde el mapa con el territorio (por eso se habla de «modelos» de sociedad, como si las sociedades fueran diseñables). Pero, además, se hace desaparecer la noción de sociedad civil del mapa y se deja en tierra de nadie a muchas de las instituciones más valiosas que tiene el país, como Bomberos, la SIP, la Teletón, Coaniquem, el Hogar de Cristo y un largo etcétera  de organizaciones civiles cuyo principal fin es el apoyo mutuo y no la ganancia.

Ante este escenario, creo que la candidata Evelyn Matthei, de cara a la segunda vuelta presidencial, debe construir su discurso en torno a cuatro pilares fundamentales:

1. Debemos promover la sociedad civil, el apoyo mutuo y la acción directa: ni el mercado ni el Estado por sí solos son capaces de proveer los bienes sociales que solo el trabajo en conjunto y la responsabilidad individual proveen.

Debemos salir del añejo debate Estado/mercado. Necesitamos un Estado más eficiente, menos concentrado en Santiago y más horizontal en sus relaciones y necesitamos una cultura del intercambio que ponga a la buena fe en el centro de nuestras prácticas económicas. Y nada de esto se logra pensando que «otros» pueden encargarse: este es momento para hablarle al país de derechos y libertades, pero también de las responsabilidades que conllevan. No se debe infantilizar a los ciudadanos, ni tampoco hacerlos creer que los problemas se solucionan escribiendo constituciones nuevas.

2. Debemos recuperar la confianza y combatir los abusos: deben darse señales fuertes y claras de que la cancha de juego tiene reglas y límites, y que quienes juegan sucio serán castigados. Así, las penas de cárcel para delitos económicos graves, como la colusión, y para delitos ambientales importantes -como derretir glaciares- deben ser parte de las propuestas. También debe serlo  promover el rechazo a los usos abusivos de las leyes de propiedad intelectual (lo que exige observar críticamente leyes como la de obtentores vegetales y el convenio UPOV 91) y la necesidad de hacer más competitivos mercados que hoy presentan alta concentración y escasa competencia. Se debe defender la libertad de mercado, no a las empresas.

3. Debemos tomar una opción preferencial por los niños y combatir el analfabetismo funcional: para hacer de Chile un país más justo, es necesario que la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades no dependa de la condición socioeconómica de nuestros padres. Para que esto ocurra es primordial hacernos cargo de los primeros años de vida, que son momentos cruciales para el desarrollo de las habilidades cognitivas y de la personalidad. Ello se logra con la colaboración entre políticas públicas de excelencia y las familias del país. No sirve de nada simular justicia entregando universidad gratis a todos una vez que la carrera está casi corrida.

4. Debemos visibilizar a los invisibles: Roxana Miranda nos recordó que quienes no son parte de las redes de poder, muchas veces son invisibles para la sociedad. Ello incluye no solo a los pobres del país, sino también a quienes sufren discapacidades, a los ancianos y a quienes son parte de minorías arbitrariamente discriminadas. Ellos deben ser prioritarios: no podemos dejar que solo los que gritan más fuerte sean escuchados.

Son estos pilares -creo- los que vuelven a poner de pie a la derecha desde sus tradiciones políticas e intelectuales más valiosas: la confianza en la libertad responsable y el escepticismo respecto al poder y a los iluminados que pretenden rediseñar la sociedad. Dos cosas que van mucho más en la línea de lo que Chile demanda hoy que el Estado tutelar y el pacto oligárquico entre grupos de presión, elites burocráticas y empresarios que nos ofrece la Concertación.