Nota publicada en Revista Qué Pasa, 2.08.13

La revista Qué Pasa publicó este viernes, en su nueva edición, un adelanto de los textos  del Presidente Sebastián Piñera y el ex Presidente, Patricio Aylwin.

Te invitamos a leer la nota:

Los manifiestos de Piñera y Aylwin a 40 años del golpe

 

Sebastián Piñera:

“EL QUIEBRE DE LA DEMOCRACIA FUE EL FRACASO POLÍTICO DE UNA GENERACIÓN»

“El 11 de septiembre de 1973 representa un hecho triste y doloroso para Chile, cuyas causas y consecuencias todavía hoy dividen a una parte de nuestros compatriotas. Por lo mismo, la conmemoración de su cuadragésimo aniversario nos concede una gran oportunidad. La oportunidad de reflexionar con serenidad respecto de sus causas, a fin de no repetirlas hacia el futuro; de acompañar a los familiares de las víctimas y honrar con respeto la memoria de los caídos, tanto civiles como uniformados; de renovar nuestros esfuerzos en aras de una perdurable reconciliación entre los chilenos; y de consolidar una verdadera cultura de respeto a los derechos humanos”.

“Ese día nuestra democracia se quebró. Pero su fractura en ningún caso fue intempestiva ni súbita. Fue, más bien, el desenlace previsible, aunque no inevitable, de una larga y penosa agonía de los valores republicanos, de una polarización extrema en los espíritus de nuestros dirigentes, de la intromisión creciente de la violencia en la acción política y del resquebrajamiento progresivo en nuestro Estado de Derecho”.

“En efecto, ya a principios de la década del sesenta se advierte cómo, poco a poco, casi sin darnos cuenta, la sensatez que por largos momentos había caracterizado a la política chilena comenzó a ceder su lugar a las pasiones desbordadas y proyectos excluyentes; el respeto, a la intolerancia; el diálogo republicano, a la violencia verbal y aun física; la visión de Estado, a consignas tan aplaudidas como inconducentes. Un senador de la época declaró abiertamente que su rol era negarle la sal y el agua al gobierno; un presidente llegó a decir que no cambiaría una coma de su programa ni por un millón de votos; otro, que no era presidente de todos los chilenos; y un tercero, que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera. El resultado fueron tres décadas de odios, divisiones y sufrimiento para millones de chilenos.

En este sentido, el quiebre de la democracia en 1973 y las graves violaciones a los derechos humanos que le siguieron representan el fracaso político de una generación. No quiero decir con esto que todos sus integrantes hayan sido sus responsables, ni mucho menos que las culpas sean equivalentes en todos los casos. Pero sí que la responsabilidad de lo ocurrido fue bastante más compartida de lo que habitualmente se reconoce”.

“Algunos quisieran creer que toda la responsabilidad de lo ocurrido recae en quienes cometieron u ordenaron a otros cometer delitos de lesa humanidad: aquellos que asesinaron, torturaron, hicieron desaparecer o privaron de libertad, al margen de todo juicio justo, a miles de personas. Esta postura es correcta tratándose de la responsabilidad penal, pero claramente parcial e insuficiente para formarse una opinión acabada de lo que ocurrió. Por lo demás, buena parte de los partícipes de esos crímenes atroces ya han sido juzgados y sancionados por nuestros tribunales de justicia. Y es absurdo creer que, por este solo hecho, el examen de conciencia que la sociedad chilena se debe a sí misma está concluido. Porque no lo está. Y no lo está porque junto a la responsabilidad penal existen otras de carácter político o histórico, que si bien conllevan una carga de reproche moral menor, no por ello son menos concretas.

Esta responsabilidad también alcanza a quienes, atendidas sus profesiones, investiduras o influencia, pudieron haber evitado la ocurrencia de graves abusos a los derechos humanos y no lo hicieron, ya sea porque accedieron a subordinar los principios a sus pasiones o intereses, porque renunciaron a actuar con la diligencia o cuidado que se esperaba de ellos, o sencillamente porque sucumbieron frente al temor. Pienso, por ejemplo, en aquellos jueces que abdicaron de sus funciones jurisdiccionales para conocer recursos de amparo y ejercer facultades disciplinarias sobre tribunales militares en tiempos de guerra interna en la etapa inmediatamente posterior al 11 de septiembre de 1973; así como en algunos periodistas que ocultaron, distorsionaron o se prestaron para la manipulación de la verdad. La responsabilidad de lo ocurrido recae también en aquellos que aplaudieron o mantuvieron un silencio impávido frente a los crímenes y desvaríos de unos u otros, y en quienes, aun reprobando todo ello, pudimos haber hecho algo más para evitarlos.

Necesitamos preguntarnos qué lecciones podemos recoger para evitar que estos dolorosos hechos vuelvan a repetirse en el futuro.  La primera es admitir, sin reservas de ninguna naturaleza, que aun en situaciones extremas, incluidas la guerra externa o interna, existen normas morales y jurídicas que deben ser respetadas por todos y que, en consecuencia, fenómenos como la tortura, el terrorismo, el asesinato por razones políticas o la desaparición forzada de personas nunca pueden ser justificados sin caer en un grave e inaceptable vacío moral. En otras palabras, no existe estado de excepción, ni revolución política, económica o social alguna, cualquiera sea su orientación y por justa o provechosa que se la estime, que justifique el grado de violencia y abusos a los derechos humanos que conocimos en Chile en esos años”.

“El pasado ya está escrito. Podemos discutirlo, interpretarlo y, por cierto, recordarlo. Pero no tenemos derecho a permanecer prisioneros de él. Porque cuando el presente se queda anclado en el pasado, el único que pierde es el futuro. Por lo demás, tres de cada cuatro compatriotas de hoy eran menores de edad o ni siquiera habían nacido en 1973. Y si bien ellos tienen el deber de conocer nuestra historia, no tienen por qué cargar con las culpas y fracasos de las generaciones que los antecedieron. El desafío, entonces, no es olvidar lo sucedido, sino releerlo con una disposición nueva, positiva, cargada de esperanza, buscando aprender de las experiencias sufridas para que nunca más se repitan en el futuro”.

Patricio Aylwin: 

«LAS NUEVAS GENERACIONES NO SABEN BIEN LO QUE PASÓ A RAÍZ DE ALLENDE Y PINOCHET»

“Creo que Chile es hoy un país reconciliado. Las confrontaciones que hubo en el pasado tenían causas que se han ido superando. Se explicaron en un principio por las grandes diferencias entre ricos y pobres y las divisiones ideológicas que se fueron produciendo en las respuestas que los distintos sectores fueron planteando frente a esa realidad. Ello se tradujo en una polarización del país que ya se expresó en el gobierno de Eduardo Frei Montalva, pero que se agudizó en el gobierno de Salvador Allende y culminó en la dictadura militar”.

“Si el gobierno de Salvador Allende entregó, cuando lo derrocaron, un país bastante dividido, el gobierno de Pinochet llevó la división al extremo. Era una división muy odiosa. Por una parte, la utilización del problema social como motivo para romper la unidad entre los chilenos: los pobres contra los ricos, la lucha de clases en buenas cuentas. Eso, de alguna manera, fue lo que se exaltó durante el gobierno de Salvador Allende. Después vino el gobierno de Pinochet, que dividió a los chilenos entre amigos y enemigos y que llevó a cabo una política de violación a los derechos humanos. El gobierno de Salvador Allende apareció como un gobierno que iba a destruir la democracia, pero el que lo sucedió destruyó aún más la convivencia que la hace posible”.

“Es difícil preguntarse si hoy estamos más prevenidos para afrontar problemas como los que se vivieron hace cuarenta años. Vivimos un proceso donde se tuvo que reconstruir la confianza entre los chilenos y con las instituciones. Lamentablemente las cosas se olvidan. La mayoría de la gente de las nuevas generaciones no sabe bien lo que pasó a raíz del gobierno de Salvador Allende y luego del gobierno de Pinochet, ni las dificultades de la transición. Sin ninguna pretensión personal, creo que mi gobierno fue, en ese sentido, la entrada o el inicio de un cambio para volver a una verdadera democracia en Chile. Los que no vivieron el proceso lo pueden juzgar muy teóricamente. Lo cierto es que fue un proceso gradual y delicado, con Pinochet de comandante en Jefe, siendo una figura muy presente todavía en la vida pública del país. Él había estado en el poder diecisiete años y logramos hacer una transición sin violencia; en cierto modo, pactada. A pesar de sus intentonas, pudimos tener una buena convivencia. Él hacía sus “diabluritas”, y a veces también yo se las correspondía. Sin duda hubo una transacción, pero fue una transacción en el modo, no en las tareas. Nosotros democratizamos Chile: la democracia volvió de manera efectiva. Pero el modo de hacerlo fue gradual y cuidadoso”.

“El paso de la dictadura a la democracia, diría yo, mirándolo a la distancia, fue un paso civilizado. Esa sería la palabra adecuada. Ese paso civilizado permitió que la ciudadanía volviera a confiar en sus instituciones, dejara el odio, la venganza y la violencia de lado. En ese proceso fue muy importante abordar el problema de las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura. El país no habría entendido si no hubiésemos planteado la necesidad de esclarecer lo sucedido en el pasado. Y vino el informe Rettig que  da cuenta no sólo del significado del quiebre de la democracia. Es mucho más que la documentación de víctimas de la dictadura. Es cierto que yo hablé de buscar la verdad y hacer justicia en la medida de lo posible, y me han criticado mucho por ello. Pero la verdad es que por ese camino ha habido más justicia en este país que en muchos otros que sufrieron dictaduras similares. La justicia ha tardado, pero ha llegado. En mi gobierno pude pedir perdón en nombre del Estado chileno a los familiares de las víctimas de violaciones a los derechos humanos y reivindicar su honra. Varios años después, el general Juan Emilio Cheyre, como comandante en Jefe, hizo lo mismo en nombre del Ejército. Son actos simbólicos que ayudan a reparar en algo que no tendrá nunca una reparación completa.

Entiendo que hoy es difícil para los que no lo vivieron ver la transición como un proceso y no como una claudicación, como se caricaturiza por algunos. Creo que en gran parte lo que hicimos fue impulsar un proceso de reencuentro, de construcción de un país para todos”.

“Hoy en día tenemos muchos desafíos, pero partimos de un país reconciliado, donde las visiones ideológicas extremas que nos dividieron en esa época y que podrían habernos llevado a una guerra civil se han quedado en el pasado.Hoy día hay más respeto a las instituciones, pese al deterioro del prestigio de la política que se advierte. Hoy hay también mayores libertades y más bienestar. Hay conciencia de que no queremos volver a vivir las divisiones que nos llevaron a la ruptura de la democracia y que tuvieron un costo de dolor tan grande”.

 

Instituto de Estudios de la Sociedad, IES

Editores: Hernán Larraín F. y Ricardo Núñez M.

Coordinador: Joaquín Castillo

Desde la próxima semana en librerías. Lanzamiento, lunes 26 de agosto.

Precio $ 14.000