Columna publicada en diario La Segunda, 9.03.13

Venezuela es una fiesta y Chávez era la cumbia interpretada a punta de petróleo. Ese festejo frenético y a la vez triste, como sin mañana, de los pueblos dolidos de América Latina, de los abandonados sin esperanza de un camino al desarrollo. Ese exceso que llamamos «populismo»: exuberancia e inflación de palabras y de gasto y culto a la personalidad del redentor autoritario, especie de padre finalmente retornado de quienes Octavio Paz llamó «hijos de la chingada».

Chávez no fue un proyecto ni una idea política fuera de sí mismo, como explica Enrique Krauze en su libro «‘Redentores»‘. Representa otro capítulo de lo «nacional-popular», ese rechazo de las masas por la política y la democracia representativa y su identificación con el carisma de un líder, el mecanismo plebiscitario y políticas económicas irracionales, todo aderezado, en el caso de Venezuela, con los recursos del petróleo para repartir a destajo y arbitrariamente entre venezolanos, la parasitaria tiranía castrista y varios gobiernos más.

El proceso chavista, en tanto, no refleja más que la impotencia y, en buena medida, desinterés de las elites venezolanas por encausar a ese país, muy rico en recursos, en una senda de progreso material y moral, todo ello reflejado en la pobreza extrema de miles que vieron en Chávez un alivio a sus males, a pesar de que sus políticas fueran pan para hoy y hambre para un mañana que pende del crudo.

Desde acá, en tanto, miramos el ascenso y caída del comandante con cierta nostalgia: esa paradójica añoranza de cuando las vidas eran más pequeñas y pobres, y las esperanzas de vivir en un país desarrollado eran nulas. En ese sentido, Chávez es parte de nuestro pasado. El frenesí desesperado del pueblo de Venezuela es algo que nos remece, porque alguna vez Chile se encontró en el mismo recoveco del «laberinto de la soledad», experimentando esa misma orfandad violenta. Pero salimos de ahí impulsados, contra todos nuestros instintos y nuestras aprensiones morales, por el avance de la libertad económica, primero, y de la libertad política, después, tomando un sendero de modernización a través de la diferenciación funcional, alejándonos diametralmente del populismo, como explican Eduardo Valenzuela y Carlos Cousiño en «Politización y Monetarización».

Por eso, todo lo que aconteció en el país con la muerte del Presidente de Venezuela tiene ese sabor ridículo de la simulación. Estudiantes de posgrado en Nueva York o Londres tuiteando desde sus iPhones «Hasta siempre comandante». El Presidente Piñera tratando de explicar lo que valoraba de Chávez, con cara de enólogo catando un vino en bolsa y declarando tres días de duelo a pito de nada. Giorgio Jackson y Camila Vallejo insinuando que la lucha de los estudiantes universitarios de clase media de Santiago es la misma que la de las barriadas miserables venezolanas. El senador Navarro desvariando. La UDI declarando que «no apoyaba dictaduras» y retirándose inexplicablemente de un también inexplicable minuto de silencio en el Congreso. Y un suma y sigue de improvisaciones en torno a un «algo hay que hacer, algo hay que decir» que no encontraba punto de apoyo aquí, en Chile.

Quizás lo más sano, en vez de tanto escándalo fatuo, sería aprovechar de vernos en el espejo de Venezuela y valorar lo que hemos conseguido con menos recursos. Y pensar también, por supuesto, en lo que nos falta por avanzar y en los riesgos, hijos de este continente dramático, que siempre estarán al acecho.