Columna publicada en diario La Segunda, 12.01.13

¿Es necesario un nuevo trato con los mapuches? ¿No basta con las becas, los subsidios y las tierras? ¿Y el mestizo pobre y no tan pobre de la Araucanía no merecería lo mismo? ¿Quiénes son los mapuches? ¿Se sienten chilenos? ¿Es racismo generar privilegios a un grupo social en razón de su raza? ¿Y en razón de su cultura? ¿Y qué es una cultura?.

El brutal asesinato de dos ancianos que fueron quemados vivos en Vilcún por un grupo de criminales organizados tuvo por efecto indirecto que la opinión pública se formulara algunas de estas preguntas. Como en otros casos, es muy posible que la atención se fije sólo un momento en este tema y la mayoría opinante no logre más que manifestar sus buenas intenciones y pretensiones de superioridad moral respecto de los que opinen distinto a ellos, y luego pasen a otra causa.

Ahora bien, si alguno acaso quisiera tomarse en serio este asunto, se encontrará con una complejidad desmotivadora para los 140 caracteres de Twitter y con un debate harto más complicado que el de las columnas bienpensantes que han inundado la prensa o que el murmullo despectivo que pretende culpar a ‘los mapuches’ del atentado, reforzado por el agresivo discurso de algunos activistas como Mijael Carbone, que justifican el crimen. Por cierto, también tendrá que dejar de pensar que el tema se resuelve exclusivamente a «palo y bizcochuelo» o que la solución es «hacer lo mismo que en Nueva Zelandia», como si los casos fueran iguales.

La primera indagación que deberá hacer cualquiera que quiera formarse una opinión seria, apunta a tratar de entender e identificar quiénes son los mapuches o, más complicado todavía, qué es «lo mapuche», es decir, preguntarse por las características de quienes encarnan «la mapuchicidad» y cuál es la esencia de ésta.

Estas interrogantes nos llevan a la famosa encuesta CEP de 2006, que arrojó resultados que sorprendieron a muchos: la mayoría de los mapuches son urbanos, vive más o menos la misma cantidad de ellos en Santiago que en la Araucanía y un 75% dice sentirse «plenamente integrado» a Chile. Junto con ello, la encuesta mostró la dificultad de fijar lo mapuche que tenían los propios indígenas, lo que llevó al antropólogo Aldo Mascareño a concluir en su artículo «Sociología de la cultura: la deconstrucción de lo Mapuche» (Estudios Públicos N°105), que era imposible hablar de la «cultura mapuche», terminando por calificar de «contrafácticas» las luchas de los activistas por el reconocimiento. En otro excelente artículo («Tierra, comunidad e identidad mapuche»),el sociólogo Eduardo Valenzuela concluye que la encuesta no muestra rastros de la existencia de demanda nacional alguna, y que la identidad étnica mapuche, asociada como último recurso al soporte de la tierra, no va en desmedro, según los datos, del sentido de pertenencia nacional chileno. Por último, si uno quisiera problematizar la noción misma de «lo indígena», puede dirigirse al libro «Mirar, escuchar, callar», del antropólogo Joaquín Saavedra, donde expone la complejidad de ese surgimiento de un «nosotros», usando el caso de una comunidad Huilliche chilota.

Todo esto nos lleva de vuelta al problema del «nuevo trato». ¿Con quiénes? ¿Respecto de qué? ¿En base a qué criterios de justicia? Son preguntas que nadie se ha atrevido a responder seriamente en lo que va del famoso «conflicto mapuche».