Columna  publicada en diario La Segunda el 1.12.12

 

Un empresario es alguien que toma el riesgo de hacer un esfuerzo de organización de factores productivos para producir riqueza. Son hombres prácticos, que aprovechan las condiciones dadas y buscan sacar el mejor provecho de ellas, generando así grandes beneficios sociales en términos de trabajo, bienes y servicios.

Ya que el mercado, donde operan los empresarios, no es más que un medio de coordinación eficiente, no asegura que las relaciones que se den en su interior sean justas o éticas. Esto depende de los actores y de las formas de regulación y autorregulación de esas interacciones. Muchas veces, por ello, se cometen abusos, deslealtades y faltas al «juego limpio» en el ámbito de los negocios que pueden ser combatidos por distintos medios.

Chile, en este sentido, parece tener tareas pendientes en términos de transparencia, información, competencia, confianza, mérito, oportunidades y ética de los negocios. Así lo han dejado ver muchos de los recientes conflictos y escándalos que han involucrado a algunas empresas. Luego, discutir fundadamente sobre estos asuntos es una necesidad y los agentes influyentes en la opinión pública podrían realizar un gran aporte a ello.

Sin embargo, criticar a «los empresarios» disparando a la bandada en forma majadera es quizás uno de los mejores negocios existentes en el área de la opinión y la entretención pública. Esto ha sido demostrado con el éxito de teorías conspirativas como la del «derrumbe del modelo», que ataca «a los poderosos» sin hacer matices ni profundizar demasiado.

Esta actitud de desprecio por quien se destaca económicamente en América Latina es muy común. El fondo de esta curiosa relación con la riqueza es que pareciera suponerse que ésta es de «suma cero», es decir, que no puede ser creada, sino que constituye un fondo común limitado. Así, quien acumula más riqueza necesariamente se la habría quitado a otras personas y sería, por tanto, un egoísta. De ahí la creencia de que hay pobres porque hay ricos.

El problema que genera esta situación es que hace caer en un mismo saco todas las críticas, fundadas o infundadas, lo que vuelve más corporativa la defensa que el gremio empresarial hace de sí mismo y le quita reflexividad respecto de los problemas que enfrenta la sociedad y las demandas específicas que se hacen al sistema económico.

El Encuentro Nacional de Empresarios de este año estuvo marcado por esta tensión: por un lado, estaba el reconocimiento de los enormes logros del país en los últimos años, junto a una situación económica sinceramente envidiada por otros países, como destacaron Felipe Larraín y Alvaro Vargas Llosa. Por otro, las turbulencias, problemas y demandas de una sociedad en movimiento que exige una confusa mezcla de derechos, reconocimiento y libertades, auspiciada por una Concertación que se dirige luego a los empresarios asumiendo el rol del «policía bueno», que en esta Enade ocupó Camilo Escalona.

Así, Casa Piedra fue escenario de largas conversaciones y debates cuyo subtexto parecía ser un tira y afloja entre quienes, por una parte, considerarían que todo va bien y que los problemas de legitimidad y confianza podrían arreglarse con el retorno de la Concertación al poder y quienes, por otra, creerían que son necesarios cambios en el sentido de la libertad de mercado real, es decir, de la aplicación más rigurosa de las reglas del juego. Algo que la Concertación, especialmente vacía de ideas de fondo como se encuentra ahora, difícilmente podría llevar adelante.