Columna publicada el 20.10 en La Segunda

Si uno repasa las opiniones vertidas online sobre la contingencia nacional y sus problemas, da la impresión de que Chile es una especie de salón parisino eternamente frustrado por la vulgaridad de quienes controlan los medios de comunicación, preparan la publicidad, instalan malls , hacen política u organizan eventos masivos. Ni hablar de aquellos que fijaron el IVA a los libros y, por ese medio, nos dejaron supuestamente condenados a no leer y tan traumatizados, que la sola idea de ir a una biblioteca o comprar libros usados nos asusta.

¡Tantos lectores de Proust, estadistas de fuste, melómanos, sibaritas, compradores del negocio de la esquina y amantes del cine arte rumano-esloveno sometidos al duro látigo de los gustos de esa minoría mayoritaria reflejada en los ratings, que nos domina con inyecciones de ignorancia y mal gusto!

Pero lo que es el acabose, en el concepto de nuestros sufrientes ilustrados, son las campañas electorales: jingles espeluznantes con base de reggaetón o rancheras, candidatos besando niños y paseando por ferias hablando generalidades, ausencia de programas detallados que uno pueda comparar en un par de tardes de lectura, y abundancia de carteles con rostros sonrientes, eslóganes vacíos y sin siquiera, muchas veces, el logo del partido. Para colmo, todos abrazados a rostros presidenciables igual de etéreos que ellos mismos. ¡Horror!

Así es la moralina discursiva que se despliega por todos lados. Pero el problema de esa crítica es que es demasiado cómoda y poco creíble como para tener algún efecto. Caer en ella es un intento por negar toda dimensión presencial, pre-discursiva, de la realidad (de la cual participamos cotidianamente), y tratar de reducirla al plano de la conciencia, del discurso, lo que nos aparta, finalmente, de la posibilidad de realizar cambios en la realidad misma.

La alternativa cínica, por supuesto, tampoco es valiosa: aferrarse a un «así es la cosa» es tan mediocre como respingar la nariz. Debemos buscar hacer críticas justas que consideren también el plano de la presencia y que reconozcan, para poder avanzar, que las deficiencias en nuestras formas de convivir son un espejo que nos retrata de cuerpo entero. Sin esa humildad básica, toda reflexión es estéril.

En ese ánimo deben rescatarse las verdades tras la crítica ilustrada. Es cierto que muchas veces hay ausencia de propuestas (pero ¿leería y compararía usted los programas de todos los candidatos a concejal y alcalde de su comuna? Permítame dudar). Es cierto, también, que es frustrante ver una campaña reducida a un infinito romper y poner carteles, repetir eslóganes y recorrer ferias. Sin embargo, pensar salidas creativas y realistas a esta situación exige mucho más que desprecio farisaico.

Quizás un buen comienzo sería que una o varias ONG de indignados con este asunto compilara virtualmente, ordenara e hiciera comparables en breve tiempo los programas de los candidatos a distintos cargos. Quizás recibirían pocas visitas, pero, al menos, quien quisiera ser diligente no tendría que hacer un esfuerzo agotador. Los debates, que ya se han dado en varias comunas, son también una excelente instancia. Por último, también sería bueno que los partidos cuidaran mejor la formación política e intelectual de sus candidatos, mediante cursos ad hoc. Acciones concretas que, a diferencia de las imposturas, nos pueden ayudar a ser mejores ciudadanos