Columna publicada el 11/10/11 en La Nación

A propósito del inasible conflicto educacional, hemos presenciado durante estos días un notable aumento de la violencia verbal y física entre los ciudadanos del país. Incluso en el Congreso, que reúne a quienes deberían representar en forma responsable a la ciudadanía para resolver de forma razonable los conflictos surgidos. La polarización y el maniqueísmo, en tal contexto, han cobrado ya numerosas conciencias. Cada cual culpa de intolerancia y violencia al “otro”, de donde vendrían todos los males del mundo. Al respecto, bien vale la pena reflexionar.

 

El destacado intelectual francés André Frossard dijo una vez que la izquierda pensaba que el pecado original no existía, y la derecha que éste no tenía perdón. Rara vez he leído algo más cierto en tan pocas letras.

De ello se deduce que la izquierda cree en una antropología humana flexible, moldeable, determinada socialmente, mientras que la derecha tendería a concebir al hombre como corrupto por completo y egoísta.

Así, la izquierda está condenada a pecar por exceso: exigir al hombre que sea lo que no es, o que sea más de lo que es (¿recuerdan aquello del «nuevo hombre»?) y culpar a «alguien» por la imposibilidad de lograrlo. ¿Y la derecha? La derecha peca por mezquindad: exigir al hombre ser menos de lo que puede ser (esa bestia egoísta  que maximiza todo y todo lo vuelve instrumental) y culpar a «alguien» de destruir el orden si se atreve a protestar.

Ambas rutas, llevadas al extremo, no conducen sino a la miseria humana. La lectura mutua es, desde la izquierda, que quienes están en la derecha son personajes mezquinos que defienden sus propios intereses sin mirar al prójimo; desde la derecha, que quienes están a la izquierda son violentos personajes que quieren hacerse del poder prometiendo utopías y engañando a las personas. Y, efectivamente, esos mezquinos y ambiciosos sí existen, y muchas veces tienen peso en ambas colectividades. Así, viendo la peor versión del otro, cada uno puede afirmar su posición y radicalizarla.

No querer verse a uno mismo en el otro lleva a que ese “otro” pueda ser culpado de cualquier mal y, si es necesario, de todo el mal del mundo. Y de ahí a la violencia hay un sólo paso. Y no hay violencia de izquierda o de derecha: siempre contagia a todos, independiente de su origen. En otras palabras, el no poder reconocernos efectivamente nos deja en manos de la mezquindad y la ambición, que suelen coronar cualquier proyecto político (porque si el poder se desea a sí mismo, quien desea el poder, aumentar el poder hasta tenerlo todo, no desea sino rebelarse contra su propia naturaleza y culpar, en el proceso, a todos los demás).

Es necesario que nuestra época reflexione sobre la violencia, el mal y la gratuidad. Cuando se vive en comunidad, desatender cualquiera de estos aspectos y abandonar la búsqueda del equilibrio y la mesura es lo que nos conduce a repetir una y otra vez los errores del pasado. Caemos en culpar al otro, a apuntarlo con el dedo y condenarlo sin misericordia. Nos acostumbramos a abrazar una esperanza falsa y a estar dispuestos a que el mundo perezca si no se cumple, o bien a abrazar la desesperanza y estar dispuestos a aplastar a los inconformes.

La izquierda sincera necesita reflexionar sobre el mal y la violencia. Lo han esquivado demasiado. Sería majadería seguir con el «ahora sí que sí» de todos los años, habiendo visto la violencia que sus medios desatan. Y la derecha necesita abrirse a la crítica del regalo, del don, de lo gratuito. Y también respecto a los mecanismos de la violencia humana. Levantar una antropología falsa y triste como estandarte no puede sino llevar a la amargura y, nuevamente, a la violencia.

En otras palabras, las dos almas de la modernidad deben abrirse a la crítica de la tradición. Su modelo debe ser adecuado a la naturaleza humana. Y la tradición -no piensen que la sacará barata- requiere ser sometida a la crítica moderna: su modelo debe adecuarse al gran triunfo de la modernidad: el conocimiento de la naturaleza naturalística (empírica), de las leyes económicas que rigen el mundo que es incapaz de lo gratuito (no como los seres humanos).

Sólo del reconocimiento de nuestra naturaleza capaz de la gratuidad, pero débil frente al egoísmo, podremos ir construyendo un disenso sano y responsable, que permita que avancemos mediante el diálogo y que realicemos al máximo nuestra capacidad de ser libres y responsables, dentro de los marcos de lo posible. No querer ver lo que somos, echar a los demás la culpa y encerrarnos para siempre a reconocer al otro es el prólogo de nuestra condena.

Creo que esto es todo lo que tenemos por desafío. El resto, por muy violento, simpático o amargo que sea, no es sino repetir historias añejas, épicas por momento, aburridas a fuerza de lo predecibles. Y nosotros seguiremos pensando que si son jóvenes los que acometen planes añejos, éstos han sido renovados. ¿Seremos capaces?