“Es un estadista”, afirman quienes creen ver algo positivo en un político. “Es un estadista”, señalan aquellos que defienden ideas distintas -e incluso opuestas- a las de estos políticos excepcionales. «Más que un político, ha partido un verdadero estadista”, se lee en los medios o se escucha en el templo cuando el político es despedido con aplausos y otros homenajes.

¿A qué se refieren?  ¿Qué contiene la intuición que se articula en tal adjetivo? ¿Qué podría ser un «verdadero estadista? Aquí quiero hacer una proposición: un estadista es el político que piensa más en el tablero que en las piezas. Explicaré esta idea.

Un político promedio es el que está preocupado de cómo hacer que a su colectividad, a su partido (las piezas de color x), le vaya mejor en las elecciones. Uno por debajo del promedio (lo digo cruzando los dedos) es el que no se preocupa más allá de que a él (una pieza) le vaya bien en las elecciones. Uno excepcional es el que se preocupa de cómo es que el disenso se articula en pos del bien común. Y el espacio de articulación del disenso es a lo que me refiero como «tablero». Se trata del espacio de lo político, del lugar donde se juega. Y es que en política, el disenso es previsible: jamás los seres humanos se pondrán de acuerdo en todo. Pero el organizar y prever la forma de ese disentir y sus consecuencias, de modo de evitar que cunda la violencia y, al mismo tiempo, las decisiones resultantes se orienten hacia la justicia, también es posible. Es el arte que pretendemos reconocer a alguien cuando lo elevamos a la categoría de «estadista».

Organizar el disenso es, básicamente, hacerse responsable por las consecuencias de la acción política, sus trampas y rutas conocidas que van directo al despeñadero. Es pensar en que las instituciones de la República deben perdurar hasta después de que el último senador de esta generación haya dejado este mundo. Y es, por tanto, observar con altura de miras al adversario y pensar cómo la forma de la disputa con él puede ayudar a que las posibilidades de la violencia o la ruptura del diálogo democrático se vean limitadas y las del acuerdo razonable orientado al bien común, maximizadas. Por eso, los políticos con tal perspectiva son siempre un enorme aporte, e incluso más que eso. Muchas veces, en los momentos críticos, se convierten en personajes decisivos. Son quienes salvan el día.

Hoy nos parece hacer falta a todos un poco de esta forma de pensar, de este sano «mirar desde lejos». Está claro que se asoman en el horizonte grandes discusiones que representan inmensos riesgos pero, a su vez, también se vislumbran grandes oportunidades. ¿Qué tal si hacemos el esfuerzo de pensar como «verdaderos estadistas» en vez de sólo repetir esa palabra para sus funerales? La República sin duda nos lo agradecerá. Y si somos capaces de exigir, ofrecer y elegir lo mismo en las elecciones, tanto mejor.