Con el fin de la nobleza en Europa, la familia fue despojada de su rol distribuidor de la riqueza. Así, las rentas futuras y la posición social dejaban de ser determinadas por las uniones matrimoniales, para ser reemplazadas por la ganancia que provenía del trabajo. Éste se convirtió en el valor central para la sociedad decimonónica. Y el tiempo, como siempre, hizo lo suyo. Con una sociedad cada vez más compleja y, por otro lado, con la creciente diferenciación interna de ésta, no tardó en darse el siguiente fenómeno: el valor del trabajo se vinculó directamente con la preparación profesional para realizarlo, quedando finalmente en la educación como principal distribuidor de la renta y la posición social.

Se trata de un movimiento que fue precedido y acompañado por otro que mantuvo su impulso a lo largo de los siglos: el ideal ilustrado de la educación, que la ponía en el centro de la realización del Hombre en cuanto Hombre y la elevaba, así, a un derecho que representaba la mayor conquista de la civilización.

En el caso de Chile, la educación siempre fue un privilegio de una pequeña elite y los mejores exponentes de las clases medias (que hay que recordar que, dada la estructura social chilena y su conformación, muchas veces eran parientes pobres de las familias poderosas, pero también inmigrantes y personajes excepcionales de bajo origen social). Ella era el camino de ascensión por excelencia, promesa que normalmente se realizaba al servicio del Estado. Así, la República chilena del siglo XIX se nutrió de su educación pública elitista, pero también del ideal ilustrado que empapaba esa educación, la que no era vista de manera puramente instrumental, sino también considerada como la llave que abría el mundo civilizado de la razón a nuestro país (por la misma razón, muchos pensaban que los más pobres debían ser educados por razones de caridad cristiana). Si hubiera que ponerle un punto final a este período elitista de la educación, debería ser 1910 con la reinauguración de la Biblioteca Nacional, gran monumento a la razón inaugurado en un país que sufría de una pobreza y embrutecimiento generalizado entre las grandes masas.

Los gobiernos mesocráticos de comienzos del siglo XX, no por coincidencia, hicieron de la educación su centro discursivo. Nadie olvidará nunca en Chile el eslógan de Pedro Aguirre Cerda: «Gobernar es educar». En hombros del Estado pretendió ponerse no sólo la educación de una minoría, sino la de todo Chile, proyecto que fue extendido incesantemente por todos los gobiernos posteriores, ampliándose el acceso, aunque en desmedro de la calidad, a casi toda la población chilena. La universidad, en tanto, permaneció como un enclave de unos pocos.

El punto álgido de esta tensión se da entre 1967 y 1973. La necesidad de un cambio se hace evidente y la presión sobre la Universidad insostenible, ideologías mediante. Así, viene el proceso de reforma universitaria y, en materia de educación primaria y secundaria, surge la pretensión de tomar por asalto y centralizar en el Estado socialista la formación de la conciencia de todas las personas. A ese proyecto se le denomina ENU, y fue uno de los miedos vertebrales para quienes apoyaron el golpe de Estado de 1973, orientado a terminar, justamente, con el régimen socialista.

Lo que vino después es sorprendente. En pocas palabras, se demostró que cuando una transformación es necesaria la pregunta no es ya si puede o no revertirse su necesidad, sino cómo responder a ella. Así, lo que hace el gobierno militar es dar una respuesta alternativa a la misma pregunta de los 60 y 70. Esa respuesta busca evitar el control del Estado sobre la conciencia de las personas, pero en desmedro de la calidad y la justicia del sistema. A ello responde la generación de un mercado educacional y la municipalización de la educación pública primaria y secundaria, así como el desmantelamiento de la Universidad Pública. Descentralizar para abarcar sin someter era la consigna. Y, efectivamente, se inició un proceso que terminó por sumar cantidades enormes de personas a la educación secundaria y universitaria. Este modelo se completaba con un sistema de becas para que aquellos que cumplieran con requisitos para estudiar y no pudieran hacerlo por problemas económicos, no se vieran impedidos a ello.

En el caso de la educación universitaria, surgen instituciones privadas de distinta calidad y solidez formativa en el mundo privado. Nacen productos serios y otros que, definitivamente, no lo son. Lo mismo ocurre en el mundo de la educación subvencionada y en el sector privado. El drama es que lo poco serio normalmente se asoció con lo barato, y lo barato con las personas de menores recursos que soñaban con un mejor futuro mediante la educación, especialmente la universitaria (la cual para los padres y abuelos de quienes lograban entrar desde los sectores más bajos de la sociedad al sistema universitario era una especie de Shangri-La).

De ese modo, comenzó a reproducirse un sistema que sobre-certificó a los chilenos. Cualquiera podía tener un título pero no todos los títulos representaban lo mismo (aunque todos costaban un ojo de la cara, proporcionalmente, para la familia que los pagaba). Los bancos comenzaron a pedir cajeros «ingenieros comerciales» y masas de abogados y periodistas cesantes inundaron el país. Al mismo tiempo, la gente que podía pedir beneficios estatales creció enormemente y aquellos que pagaban su crédito universitario eran cada vez menos. La solución a ello llega el 2005 con el nacimiento del crédito con aval del Estado, que endeudaba a los estudiantes con una institución bancaria directamente y ya no con las universidades (lo cual es razonable justamente porque las universidades no son bancos).

Ya que el mismo título otorgado por instituciones distintas no era lo mismo, debió procederse a certificar a las universidades para que el Estado pudiera saber a quiénes entregaría o no becas de estudio. El sistema de acreditación, lamentablemente, duró menos de un lustro sin ser para la risa.

Hoy tal edificio parece tambalear completo: el sistema universitario logró abarcar una cantidad impresionante de personas, pero no aseguró oportunidades laborales de acuerdo a las expectativas y el precio de lo cobrado. La educación descentralizada sufre, en tanto, carencia económica y de sentido. Mientras, la Universidad Pública se hunde lentamente y, con ella, los ideales republicanos que la sustentaron.

Junto a ello, la educación básica y secundaria aparece como el prólogo de una historia conocida por completo: es de tan mala calidad y los niños que asisten a ella van acumulando tal cantidad de déficit académico progresivo, que deja muy pocas esperanzas para aquellos que no logran huir a los liceos de excelencia.

Es en este contexto en que estallan las manifestaciones, que piden educación de calidad,  mayor seguridad económica para los estudiantes más pobres y un reforzamiento de la educación pública, además de una larga serie confusa de demandas concretas e ideológicas. Y es que quienes protestan lo hacen reivindicando ciudadanía y derechos del consumidor al mismo tiempo, en un todo confuso.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? Hoy no hay vuelta atrás: la matricula creció para siempre, los problemas que demanda son nuevos y el modelo que la hizo nacer está obsoleto y se ha hecho evidentemente injusto y de mala calidad.

El Gobierno, más que centrarse en la literalidad de las demandas, debe tratar de leer el espíritu de la época de manera crítica, y pensar en una solución que permita que nuestro país se tome la educación en serio una vez más (porque las soluciones que fueron serias ayer, gracias a su éxito, dejaron de serlo hoy).

El estudiante-consumidor quiere pagar menos y adquirir, a través de ese pago, más calificación valorada por el mercado, de modo de poder competir en mayor igualdad de oportunidades. La calidad aquí significa utilidad. La formación técnica de primer nivel es un punto en el horizonte.

El estudiante-ciudadano quiere educación con sentido de país (esta es la clave en que debe leerse la demanda por educación pública), con valores y principios ilustrados, con valoración de las artes, las ciencias y las humanidades. La calidad aquí significa formación. Chile no es sólo una economía, quiere decirle algo al mundo.

¿Qué haremos al respecto? ¿Qué respuesta tenemos?  A pensar, a pensar.