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Foto: www.theclinic.cl

Rehabilitar la belleza

05

feb
2018

Columna publicada en The Clinic Online, 05.02.2018

La muerte de Hugh Hefner dio lugar a un interesante debate sobre su figura y legado. Y ese legado no es menor, porque ha contribuido a moldear las nociones que hemos asumido de erotismo y belleza femenina—paradigmáticamente representado por sus “conejitas”. Aunque mucho se ha discutido sobre pornografía (hard o soft), poco se habla de erotismo, y menos de belleza (o fealdad). ¿Es erótica la pornografía? ¿Hay belleza allí? La primera pregunta puede parecer absurda por obvia (¿si el porno no es erótico, qué cosa lo sería?) y la segunda irrelevante, buenista o ingenua. Pero no lo son.

La belleza nos puede afectar de muchos modos. Su presencia, en algún sentido, nos cambia. Nos trae consuelo en momentos de angustia y tristeza, inspiración, esperanza, alegría, o incluso éxtasis, vinculado a un deseo fuerte, a veces incontrolable, de poseer. El erotismo se asocia a este último tipo de estado. Como explica Byung-Chul Han en La agonía del Eros, el eros se dirige al otro. Es por esencia alteridad, donde el otro, el que está fuera de mí, ocupa un lugar y un espacio. El deseo sexual, la belleza que ahí experimentamos, nos empuja inquietantemente a aquello que queremos pero no podemos poseer del todo. Y ahí donde no llega la posesión empieza la contemplación: salimos de nosotros para simplemente deleitarnos en lo otro.

Contrario a lo que nos hemos acostumbrado, el paradigma de belleza pornográfica no es una exaltación del eros, sino que es su negación. Es puro yo. No hay un otro, un distinto. La sexualidad se reduce a un narcisismo algo velado donde lo único que me interesa del mundo es la proyección de mí mismo. En Beauty, conectando con un pensador tan diferente como Han, Roger Scruton sostiene que la pornografía se dirige hacia la fantasía, mientras que el arte erótico hacia un interés de la imaginación. De ahí la diferencia: mientras que la primera es explícita y despersonalizada, la segunda nos invita a hacia la subjetividad del otro y deja espacio para una distancia. Lo explícito es poco erótico, en este sentido, porque la apreciación estética requiere de una distancia para la contemplación.

La pornografía, entonces, se volvería eminentemente antierótica. Y así, antiestética. Creo que es a través de esto último que podemos refrescar la discusión actual: liberación y modernidad, por un lado, cartuchismo y represión por otro. En épocas, como la nuestra, de fuerte disenso moral, puede ser por medio de la noción de belleza que alcancemos algunos acuerdos. Y no es de ningún buenismo ingenuo intentar rehabilitarla. Responde al mismo anhelo de quienes, con razón, critican la alienación del exceso de trabajo, la pobreza o la extrema desigualdad: buscar la condición de posibilidad de lo auténticamente humano. Puede ser que por esta vía lleguemos a alguna idea más compartida de lo que constituye una experiencia realmente significativa.

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